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12/7/13


Una vez valorado el reposo de los acontecimientos como prudencial cogió la carpeta azul de su lugar de retiro y con la serenidad del adicto se dispuso a retomar la labor de “regresión, anotación y vuelta a empezar” que unos cien días atrás había empezado y que por agotadora tuvo que dejar sin acabar.

La obra consistía o, mejor dicho, pretendía ser, la primera fase de algo. Puede que la base sobre la que se sustentasen las tragicómicas crónicas de la vida en estos tres últimos años o, tal vez, el riguroso registro de las palabras que el viento no se pudo llevar… No obstante, y eso lo tenía claro, el fin era lo de menos. Tarde o temprano y antes de llegar lo dejaría. Lo importante era el acto poético en sí mismo: más que concretar en un par de hojas acontecimientos cronológicamente ordenados se trataba de echarle un pulso al olvido, de retar al destino, de mirar a la cara a la muerte saboreando la inmortalidad.

5/2/09



Había terminado la cuarta cerveza cuando tuvo la necesidad de ordenar sus pensamientos y escribir. Conocía bien esa sensación y sabía que no debía hacerla esperar, así que antes de que la última gota dejase de hacerse notar en su garganta cerró fuertemente la mano izquierda, tiró con rabia la botella y dejó que la ira guiara sus palabras. La primera línea salió sola. Llevaba un mes sin escribir y sin pensarlo había sido capaz de hilvanar dieciséis palabras seguidas. Estaba orgulloso, orgulloso y tranquilo. No era su mejor línea pero eso daba igual. Abrió otra cerveza para celebrarlo. Estaba helada, justo como la quería. Le dio un sorbo largo pero pausado. No tenía prisa. La apoyó, eructó y sintió odio. El alcohol provocaba ese efecto en él.

Le gustaba saborearlo, notar como iba circulando dentro de sí a gran velocidad hinchando sus venas al tiempo que el pulso se le aceleraba y su cuerpo le pedía fuego. Entonces él se lo daba y fumaban juntos, codo con codo, calada a calada, mientras se ensimismaban en las formas que iba adoptando el humo, el mundo reducido a humo, una triste metáfora, la metáfora de su existencia.

Intentó plasmarlo en el papel consiguiéndolo a medias. Siempre le pasaba lo mismo. Bastaban tres segundos para que todo, desde la idea más sencilla hasta la hipótesis más remota, desapareciese sin despedirse y sin decirle que no. Aún así tiró para adelante refiriéndose a su pasividad patentada, a la doble moral, a los hijos ilegítimos de su necedad, a la sensación de tranquilidad que siente cuando las cosas van mal, a la basura que ahúma la capacidad de olvidar, a lo mismo de siempre, a los entes que mienten con virtuosa facilidad para acto seguido resguardarse de la agonía de las despedidas que nacen de la imposibilidad de confiar.


PD: Lo releyó y no le gusto, pero eso no importaba, había vuelto a escribir.